La muerte de Alejandro Zalazar, un anestesiólogo mendocino de 29 años, destapó un circuito clandestino de consumo de Propofol y Fentanilo en reuniones privadas. La justicia investiga el origen de los fármacos y las responsabilidades en torno a estas prácticas.
La muerte del médico mendocino Alejandro Zalazar en su departamento de Palermo, ocurrida en febrero, generó conmoción en la comunidad médica y abrió una investigación judicial. El joven profesional, que trabajaba en el Hospital de Niños Ricardo Gutiérrez, fue hallado con una vía conectada y elementos descartables para inyecciones. La autopsia confirmó una sobredosis de propofol y fentanilo, dos drogas de uso hospitalario que requieren estrictos controles.
El caso destapó la existencia de reuniones privadas conocidas como “Propo Fest”, donde se utilizaban anestésicos con fines recreativos. Estas prácticas, que circulaban en ámbitos reducidos, salieron a la luz tras la tragedia y pusieron en evidencia la falta de controles sobre medicamentos de uso exclusivo en quirófanos.
En paralelo, se viralizaron audios y mensajes que describen presuntas prácticas irregulares en distintos hospitales porteños. En uno de esos audios se escucha que un grupo de médicos, entre ellos anestesiólogos del Hospital Rivadavia y del Italiano, “hacían fiestas con bombas de infusión y había una persona encargada de ambucear cuando aparecía la apnea”. En otro tramo, se afirma que “el fallecido había ido alguna vez a esas reuniones”, aunque se aclara que se trata de comentarios entre colegas. También se mencionan supuestos certificados médicos falsos para evitar controles antidoping.
El origen de los fármacos es uno de los puntos más delicados de la investigación. La justicia sospecha de robos de insumos hospitalarios, ya que tanto el propofol como el fentanilo son medicamentos de uso exclusivo en quirófanos y requieren trazabilidad estricta. La aparición de estas sustancias expuso fallas en los sistemas de control y derivó en sumarios internos.
Especialistas remarcaron que el fentanilo es hasta 100 veces más potente que la morfina y que su uso indebido puede provocar depresión respiratoria y paro cardíaco. El propofol, por su parte, es un anestésico que solo debe administrarse bajo monitoreo clínico. La combinación de ambos, sin supervisión, resulta letal.

El acto de “ambucear”
La muerte de Zalazar también abrió un debate sobre la responsabilidad profesional y la vulnerabilidad de quienes, aun con conocimiento técnico, se exponen al consumo indebido de fármacos. El acceso privilegiado a medicamentos hospitalarios puede derivar en usos peligrosos si no existen controles estrictos y protocolos claros.
La justicia porteña avanza en la investigación para determinar responsabilidades penales y esclarecer cómo se organizaban estas reuniones.