Somatizaciones en el cuerpo, pensamientos catastróficos y dificultades para decir “no” son señales de una mente sobrecargada por la ansiedad. ¿Cómo reconocer las manifestaciones individuales del estrés? Herramientas prácticas para recuperar el equilibrio personal.
Vivimos en una época caracterizada por la hiperexigencia, la inmediatez y la incertidumbre constante, un escenario propenso para la irrupción de la ansiedad. Sin embargo, para abordarla con efectividad, primero es necesario comprender de qué se trata: “la ansiedad es una respuesta anticipatoria del organismo frente a la percepción de una amenaza futura. El problema aparece cuando esta reacción deja de ser un mecanismo defensivo puntual y se transforma en un estado sostenido, caracterizado por preocupaciones que irrumpen de manera involuntaria y que muchas veces responden a malestares profundos que no logramos poner en palabras”, detalló la psicóloga Ivana Fantino, área de Salud mental de Osep.
Cuando la ansiedad se vuelve constante, la mente entra en un bucle de pensamientos rumiantes y catastróficos. Esta espiral de sobrepensamiento no solo desgasta la salud mental de quien la padece, sino que comienza a deteriorar su círculo social y afectivo más cercano a través de la irritabilidad, la distancia o la demanda afectiva desmedida.
El cuerpo como mapa: Las somatizaciones más frecuentes
Según precisó la profesional “aquello que la boca calla, el cuerpo lo expresa. La ansiedad no se manifiesta únicamente en el plano mental; posee una expresión física inmediata y muy clara. Reconocer de qué manera se activa en cada organismo resulta el primer paso para desactivar el circuito de malestar:
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Trastornos del sueño: Dificultad para conciliar el descanso, despertares nocturnos con la mente acelerada o insomnio recurrente.
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Tensión física: Aparición de bruxismo (apretar o rechinar los dientes durante la noche o el día) y rigidez muscular en cuello y hombros.
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Molestias gastrointestinales: La clásica sensación de “nudo en la panza”, acidez o variaciones bruscas en el tránsito intestinal.
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Dificultades cognitivas: Problemas de concentración, dispersión en el trabajo o la sensación de sobrecarga informativa.
A menudo, estas emociones no tramitadas terminan vinculándose de forma errónea con la alimentación, utilizando la comida como un anestésico emocional para calmar la inquietud del momento”.
Límites, culpa y baja autoestima: El circuito no gestionado
Un aspecto central en la acumulación del estrés radica en la dificultad para establecer límites. Cuando existe un temor recurrente al rechazo o una baja autoestima, decir “no” se percibe como un acto de egoísmo. Sin embargo, no poner límites implica dejar desprotegido el propio bienestar.
Al ceder ante las demandas externas para complacer a otros, surgen dos emociones complejas: la culpa y el enojo hacia uno mismo. No gestionar esas emociones a tiempo genera una bolsa de presión interna donde la frustración contenida termina alimentando, justamente, los episodios de ansiedad.
Herramientas para gestionar las emociones
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Identificar la manifestación propia: Registrar en qué parte del cuerpo o con qué tipo de pensamientos se expresa la ansiedad de manera individual. El autoconocimiento permite intervenir a tiempo.
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Nombrar lo que ocurre: Poner en palabras el malestar a través de la escritura, la charla con alguien de confianza o en el espacio terapéutico evita que la emoción se traslade al cuerpo o a la comida.
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Practicar la asertividad: Comprender que poner límites es una forma de autocuidado. Un “no” a tiempo hacia afuera es un “sí” hacia la salud mental propia, liberando la culpa asociada.
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Desactivar la rumiación: Frente a un pensamiento catastrófico, preguntarse: “¿Tengo evidencia real de que esto suceda hoy?” o poner una pausa consciente mediante ejercicios de respiración diafragmática.
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Diferenciar el hambre emocional del físico: Antes de recurrir a la comida en momentos de estrés, hacer una pausa para evaluar qué emoción necesita ser atendida en ese instante.
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