El inicio de clases es mucho más que comprar útiles nuevos; es la oportunidad perfecta para resetear la convivencia escolar. Prevenir el bullying es un compromiso colectivo que requiere empatía, tecnología responsable y una comunicación sin filtros.
El aroma a cuadernos nuevos y el reencuentro con los amigos marcan el pulso de este inicio del ciclo lectivo 2026. Sin embargo, para muchos estudiantes, la vuelta a las aulas genera una ansiedad silenciosa: el temor al acoso escolar.
“El bullying no es un rito de iniciación ni una parte natural del crecimiento; es una dinámica de poder distorsionada que puede dejar cicatrices profundas. En un mundo cada vez más digitalizado, la prevención hoy exige nuevas estrategias”, apunta la psicopedagoga María Zysman.
-¿Qué implica fomentar la cultura del defensor como muchos postulan?

“Históricamente, el foco se ponía en el acosador o en la víctima. En 2026, la clave está en el tercer actor: el espectador. El bullying se alimenta de la audiencia. Si el grupo deja de celebrar o ignorar la agresión, el acosador pierde su combustible.
En el aula: Los docentes deben trabajar en dinámicas donde la popularidad esté ligada a la inclusión y no al poder.
En casa: Es vital enseñar a los hijos que reportar un abuso no es “ser un soplón”, sino un acto de valentía que protege a la comunidad”, aconseja Zysman.
En la actualidad, el acoso no termina cuando suena el timbre de salida. Las redes sociales y las plataformas de mensajería extienden la hostilidad las 24 horas del día. “La prevención del ciberacoso empieza por la alfabetización digital”, sostiene la especialista.
“No se trata de prohibir la tecnología, sino de supervisar la huella digital. Los padres deben estar presentes en el entorno virtual de sus hijos, no como espías, sino como guías. Establecer ‘zonas libres de pantallas’ en casa y fomentar el diálogo sobre lo que sucede en los grupos de WhatsApp es fundamental para detectar señales de alerta antes de que escalen”.
Educación emocional como escudo
Un niño con herramientas para gestionar su frustración tiene menos probabilidades de convertirse en un agresor. De igual forma, un niño con una autoestima sólida y redes de contención es menos vulnerable al impacto de las críticas externas.
Es necesario que las escuelas integren la educación emocional de manera transversal. Aprender a poner límites con asertividad y a reconocer las propias emociones permite que los conflictos se resuelvan a través de la palabra y no del aislamiento o la burla.
La comunicación: El arte de escuchar (de verdad)
“A veces, como adultos, caemos en el error de interrogar en lugar de escuchar. Ante la clásica pregunta “¿Cómo te fue hoy?”, solemos recibir un ‘Bien’ monosilábico. Para detectar el bullying, necesitamos cambiar la estrategia:
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Hacer preguntas abiertas: ‘¿Qué fue lo más divertido que pasó hoy?’ o -‘¿Hubo algo que te hiciera sentir incómodo?’.
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Observar cambios de conducta: Alteraciones en el sueño, falta de apetito o una resistencia repentina a ir a la escuela son señales que no deben ignorarse.
“La convivencia escolar es un músculo que se entrena a diario. Si logramos que este 2026 sea el año donde la empatía sea la materia principal, estaremos formando no solo mejores estudiantes, sino seres humanos más íntegros. El bullying se detiene cuando todos decidimos que la crueldad ya no es una opción aceptable”, concluyó Zysman.
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