Con el foco puesto en el disfrute y el aprendizaje, el mensaje de Lionel Messi y la mirada de la psicología deportiva coinciden: la función de la familia es acompañar emocionalmente, no presionar por resultados.
En el deporte infantil, la frontera entre el acompañamiento afectivo y la presión adulta suele volverse difusa. Guiados por la ilusión de ver a sus hijos triunfar o por la ansiedad de acelerar procesos evolutivos, muchos padres transforman lo que debería ser un espacio de juego, salud y sociabilización en un terreno de altísima exigencia. Frente a este panorama, las palabras de una figura de alcance planetario como Lionel Messi volvieron a encender un debate indispensable sobre la salud emocional de los jóvenes deportistas.
Durante un encuentro con la comunidad educativa en el Palacio de los Deportes, el capitán de la Selección Argentina y estrella del Inter Miami compartió un sentido consejo para las familias: “En vez de ayudarlos, les están haciendo un mal”. Con esa frase contundente, el futbolista advirtió sobre el impacto negativo que genera el mandato de rendimiento en las infancias.
El disfrute como motor del talento
El testimonio de Messi rescata el valor fundacional del deporte en los primeros años de vida: el placer por jugar. Para el delantero, la exigencia desmedida altera la relación de los chicos con la actividad, introduciendo el miedo al error y desplazando la frescura natural del aprendizaje.
«Cuando somos chicos, o en general, uno tiene que disfrutar de lo que hace. Cuando uno disfruta de lo que le gusta, siempre termina dando un plus y lo hace de manera natural», sostuvo la estrella internacional.
Según precisó el psicólogo deportivo Francisco Arnut “Desde su propia vivencia, Messi remarca que la motivación intrínseca —aquella que nace del deseo genuino y la diversión— es la única capaz de sostener el compromiso con una disciplina a largo plazo. Cuando el objetivo principal pasa a ser complacer las expectativas de los adultos o cumplir metas ajenas, el deporte deja de ser un espacio de juego para convertirse en una fuente de estrés prematuro.
La mirada psicológica: deslindar el rol deportivo del sostén afectivo
Esta postura encuentra un sólido respaldo en la psicología aplicada al deporte. Según explica el especialista Francisco Arnut, “es fundamental trabajar de manera directa con los padres para delimitar con claridad las fronteras de su intervención.
El psicólogo deportivo señala que los padres no deben involucrarse en el rendimiento técnico ni táctico del chico. Dar indicaciones desde la tribuna, corregir errores al terminar el partido o dictaminar qué debió haber hecho en el campo de juego son atribuciones que le corresponden exclusivamente al profesor o entrenador”.
El rol innegociable de las familias
-Sostén incondicional: Ofrecer contención y afecto sin importar el resultado del juego.
-Escucha activa: Validar las emociones del chico tras una práctica o competencia, permitiéndole expresar si se divirtió o cómo se sintió.
-Fomentar la autonomía: Dejar que el profesor guíe el aprendizaje deportivo, y que el niño asuma sus propias responsabilidades dentro del equipo.
En busca del equilibrio familiar
“Si bien en los campos de juego y clubes de barrio aún se observa con frecuencia una marcada sobreexigencia —padres que gritan, juzgan o proyectan sus propias frustraciones sobre los hijos—, también crece la presencia de familias equilibradas. Son aquellos adultos que entienden que el mejor triunfo de la jornada es ver a sus hijos sonreír, hacer amigos y adquirir valores como el respeto, la solidaridad y el trabajo en equipo”, detalló Arnut.
Bajar la vara de la exigencia no significa desinterés; por el contrario, implica amar respetando el ritmo y la infancia del otro. Recordar que detrás de cada camiseta hay un niño jugando es el primer paso para garantizar deportistas sanos y, sobre todo, personas felices.
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