Con la llegada del otoño y el invierno, es común sentir una necesidad imperiosa de alimentos más contundentes. Entender la biología detrás del hambre estacional y elegir los nutrientes adecuados es la clave para disfrutar de la cocina de olla sin descuidar la salud.
Cuando los termómetros descienden, algo cambia en nuestra conducta alimentaria. No es solo una cuestión de antojo: existe una explicación fisiológica y evolutiva. “El cuerpo, en su afán por mantener la temperatura corporal interna en torno a los 37°C, activa mecanismos de termogénesis. Este proceso consume energía, y para obtenerla, el cerebro envía señales claras de que necesitamos combustible. Sin embargo, en un mundo con calefacción y abrigos térmicos, esa necesidad calórica extra es mucho menor de lo que nuestra herencia biológica nos sugiere”, detalló el médico clínico y especialista en obesidad Jorge Pujol.
Las causas del hambre invernal
“El principal motor es la termogénesis inducida por la dieta. Al digerir alimentos, generamos calor. Por eso, instintivamente, buscamos comidas calientes y calóricas. A esto se suma la disminución de la luz solar, que puede reducir los niveles de serotonina, impulsándonos a buscar alimentos que nos brinden una gratificación inmediata, generalmente carbohidratos y grasas”, detalló Pujol.
Los aliados del invierno: proteínas y platos de cuchara
La clave para saciar ese apetito estacional sin caer en el exceso de peso está en la selección de los ingredientes. “El objetivo es proporcionar calor y saciedad prolongada.
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El valor de las sopas y caldos: No son solo un “acompañamiento”. Una sopa casera, elaborada con huesos o carcasas y vegetales, es una fuente de hidratación y minerales. Si se consume antes del plato principal, prepara al sistema digestivo y ayuda a controlar la porción posterior.
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Pucheros inteligentes: El puchero es el rey de la temporada, pero su perfil nutricional depende de lo que pongamos en la olla. La recomendación actual es priorizar las proteínas de alta calidad (cortes magros de carne vacuna, pollo sin piel o legumbres) y una gran variedad de vegetales de estación.
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El enfoque “sin almidón”: Para evitar picos de glucosa y pesadez, se recomienda moderar el uso de papa, batata, arroz blanco o fideos dentro del guiso. En su lugar, se pueden utilizar calabaza, zapallitos, puerros, cebollas y espinacas. Estos vegetales aportan volumen y fibra, generando saciedad sin el impacto glucémico de los almidones refinados”.
Mitos y realidades: Lo que “no hay que comer”
Muchos mitos rodean la dieta de invierno. Uno de los más comunes es que “en invierno no se pueden comer ensaladas”. Si bien el cuerpo pide calor, los vegetales crudos siguen siendo necesarios por su aporte de vitamina C y enzimas. El truco está en las “ensaladas tibias” o en acompañar el plato caliente con una pequeña porción de hojas verdes.
Otro mito es que “las grasas son necesarias para combatir el frío”. Si bien las grasas saludables (como el aceite de oliva, los frutos secos o el aguacate) son fundamentales, las grasas saturadas de embutidos o frituras no ayudan a la termorregulación de forma eficiente y solo aumentan el riesgo cardiovascular.
El valor del equilibrio
“Comer en invierno no debería ser una batalla entre el placer y la balanza. El equilibrio reside en la calidad del combustible. Un guiso rico en legumbres y carnes magras es una medicina natural contra el frío. La clave es volver a la cocina casera, utilizando especias como el jengibre, la cúrcuma o la canela, que tienen propiedades termogénicas naturales y realzan el sabor sin necesidad de sal en exceso”, detalló.
Escuchar al cuerpo es vital, pero también lo es guiarlo hacia opciones que nutran además de calentar. Un buen plato de cuchara, equilibrado y consciente, es el mejor refugio frente a las bajas temperaturas.
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