Detrás de un acto de violencia extrema en una comunidad educativa, rara vez existe una causa única. Entender la escuela como el escenario donde los adolescentes “depositan” síntomas que no pueden expresar en otros ámbitos, es clave para la prevención y estar atentos a las señales.
La violencia escolar extrema, manifestada en tiroteos o ataques planificados, suele presentarse ante la opinión pública como un estallido repentino e inexplicable. Sin embargo, la psicología clínica y la psicopedagogía moderna coinciden en que estos eventos son, en realidad, el punto final de un proceso de deterioro invisible. Cuando un adolescente decide realizar una acción de matanza en su propia comunidad, no está actuando bajo un impulso azaroso, sino ejecutando el cierre de una narrativa de dolor, exclusión o desamparo que no encontró palabras para ser dicha.
“El desafío de los gabinetes de orientación radica en detectar a tiempo las alertas de autolesión, aislamiento y quiebre emocional, activando redes de contención que involucren a la familia antes de que el malestar se transforme en tragedia.
La violencia escolar extrema, manifestada en tiroteos o ataques planificados, suele presentarse ante la opinión pública como un estallido repentino e inexplicable. Sin embargo, la psicología clínica y la psicopedagogía moderna coinciden en que estos eventos son, en realidad, el punto final de un proceso de deterioro invisible. Cuando un adolescente decide realizar una acción de matanza en su propia comunidad, no está actuando bajo un impulso azaroso, sino ejecutando el cierre de una narrativa de dolor, exclusión o desamparo que no encontró palabras para ser dicha. Hay que poder analizar los contextos”, opinó Karina Bergé, psicopedagoga.
-¿Hay señales claras?
“No hay generalidades en esto. Hay chicos que están introspectivos en las escuela, pero en su casa es todo lo contrario y viceversa. Hay que prestar especial atención a los cambios, cuando una conducta comienza a mostrar señales que antes no se veían en la persona”, argumentó Bergé.
La escuela como caja de resonancia
La institución escolar es, por definición, un lugar de referencia, estructura y contención. Es precisamente por este rol central en la vida del joven que la escuela se convierte en el escenario donde “explotan” los conflictos. “Muchos adolescentes, al no encontrar canales de expresión en el núcleo familiar o en sus círculos sociales externos, terminan depositando sus síntomas en el aula. La escuela es donde el síntoma se hace visible porque es el lugar donde el joven es observado por otros, donde se le exige cumplir con normas y donde interactúa con pares. Si un chico está sufriendo, la escuela suele ser el primer lugar donde ese sufrimiento se traduce en conducta”, fundamentó la profesional.
¿Qué señales se nos escapan?
La prevención efectiva no depende de detectar “monstruos”, sino de identificar jóvenes en crisis. Entre las señales que a menudo se pasan por alto se encuentran:
- El aislamiento progresivo: No solo el chico que está solo, sino aquel que activamente se retira de la interacción que antes disfrutaba.
- Contenidos perturbadores: Expresiones en dibujos, escritos o redes sociales que glorifican la violencia o expresan una desesperanza absoluta.
- La tríada del riesgo: La combinación de acoso escolar (bullying), antecedentes de trauma y un acceso facilitado a medios violentos.
- Autolesiones: Un joven que se daña a sí mismo está gritando que no puede gestionar su dolor emocional. A menudo, la violencia hacia afuera es la otra cara de la moneda de la violencia hacia uno mismo.
El protocolo de red: El rol de la familia y la orientación
Llegar a tiempo es responsabilidad de los servicios de orientación. Cuando se detecta una alerta —ya sea una amenaza directa, un comentario sobre el fin de la vida o una conducta errática—, el abordaje debe ser inmediato y sistémico. No basta con sancionar al alumno; es vital iniciar un protocolo de red.
El trabajo con la familia es el pilar fundamental. Muchas veces, el entorno familiar desconoce la profundidad del abismo emocional del adolescente o, por el contrario, es la fuente del conflicto. La intervención debe ser colaborativa, ofreciendo a los padres herramientas para supervisar y acompañar, sin caer en la criminalización previa del joven. Crear una red significa que la escuela, la familia y los profesionales de salud mental hablen el mismo idioma para sostener a quien está a punto de romperse.
Hacia una pedagogía del cuidado
“Debemos entender que un adolescente que planifica una matanza suele verse a sí mismo como una víctima que finalmente toma el control. Intervenir en esa distorsión cognitiva requiere una escucha activa que vaya más allá de lo académico. La escuela debe fortalecer sus espacios de educación emocional, permitiendo que el síntoma se tramite a través de la palabra y no de la acción destructiva.
La prevención real ocurre cuando un docente se detiene ante el cambio de conducta de un alumno, cuando un orientador detecta una autolesión y activa un protocolo de salud, y cuando la comunidad entiende que el bienestar emocional es tan importante como el rendimiento escolar. Solo así podremos ver a tiempo lo que el silencio de un aula intenta ocultar”.
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