Un 7 de septiembre de 1996, Miriam Bianchi moría en un siniestro vial y Gilda se convertía en un mito rodeado de milagros.
Miriam Alejandra Bianchi, como una mujer maravilla de la cumbia, al sacarse el pintorcito de maestra jardinera se convertía en Gilda. Con su faldita y su corona de flores, Gilda era la reina de la cumbia.
Fue una de las primeras en su estilo y tuvo que luchar un montón en un ambiente que era predominantemente masculino. Su camino iba creciendo. Su música llegaba a todos lados.
El 7 de septiembre de 1996, Miriam viajaba a dar un show a Entre Ríos. En el colectivo viajaban sus músicos y parte de su familia. A las 7 de la tarde, el colectivo chocó con un micro y en el siniestro fallecieron el chofer, tres músicos, Miriam, su mamá y su hija.
Esa tarde murió Miriam, pero Gilda no iba a morir nunca. Ese día nacía la Gilda leyenda, la Gilda Santa, aunque el primer testimonio de la fe popular se remonta a 1994, cuando la cantante se fijó en una niña que lloraba a pie del escenario. “Es porque desafinás”, se burlaron los músicos. Al terminar el concierto, la pequeña se acercó y la mujer mayor que iba con ella le contó que su madre había estado al borde de la muerte y se curó al escuchar repetidas veces su tema Baila esta cumbia. La acompañante insistió para que le tocase la cabeza, convencida de que así le curaría la diabetes.
Después de su muerte, los “milagros” se multiplicaron y en el lugar del accidente se creó su santuario. El creador, aunque no lo reconoce, fue Carlos Maza, herrero y dueño del predio (producto de una promesa).
“Yo no hice un santuario, ese nombre se lo pusieron los medios, la gente. Mi objetivo era hacerle un monolito, un lugar donde poder recordarla”, había explicado a Télam en 2016 Carlos.
Él conocía a Gilda por su sobrina que era la presidenta de “La única”, uno de los primeros club de fans, y la idea de hacer un monolito surgió de manera inexplicable, cuando decidió cortar un tronco con una foto y una placa y llevarlo a Entre Ríos para recordar el lugar donde había fallecido la cantante.
“Después entendí que fue algo personal. Mi segundo hijo nació con cáncer y pocos días antes de la cuarta operación, veo en la tele a una nena llorando que contaba que su madre se había curado con Gilda. En ese momento pensé: ¿Por qué no a mí?”, contó Maza.
“No tengo una explicación. Simplemente me aferré a eso, a prometerle que si mi hijo salía bien yo me iba a encargar de que su lugar estuviera siempre lindo. Hoy pienso que todos tenemos una misión”, reconoció en aquel entonces Maza.
Pero aquel pequeño monumento no alcanzaba para contener el desmadre de ofrendas y pedidos a la “Santa de la bailanta” que llegaban de todo el país. Entonces Maza construyó una glorieta. Pero aquella glorieta tampoco alcanzaba, entonces Maza construyó un galpón. Pero aquel galpón, dijeron las autoridades entrerrianas, era un peligro potencial -y exponencial- para los vehículos que circulaban. Entonces Maza lo cruzó al terreno de enfrente.
Pero el terreno de enfrente era privado y no podían permanecer ahí, entonces Maza lo compró: “Mi hijo hoy tiene 25 años y me dio un nieto”.
Hoy, su música sigue sonando y grandes músicos, en el marco de este 25° aniversario, homenajean a Gilda. Una Gilda eterna. La “Santa de la alegría” como la llaman sus devotos.
Soledad junto a Lito Vitale hacen “Se me ha perdido un corazón”:
Natalie Pérez es la encargada de ponerle su voz a “Noches Vacías” y Rocío Igarzabal hace “No es mi despedida”.