Decir lo que pensamos: ¿Un costo alto?

Decir lo que pensamos: ¿Un costo alto?

En todo caso la pregunta debería ser “¿Para quién?”, porque “tragar” todo lo que nos hace mal, sin poder decir nuestro pensar ni sentir, pasa una factura tan alta como ineludible.

No se trata de andar por la vida sin filtro, lanzando llamaradas de verborragia por cada aspecto que nos molesta del contexto o de otro. Muy por el contrario, estamos hablando desde el otro lado del ring con un aspecto opuesto y nocivo que se convierte en veneno, que termina por intoxicarnos: esto ocurre cuando acallamos mente y sentimientos. Si no podemos decir lo que pensamos en diferentes situaciones y vínculos, si esperamos por miedo al rechazo o a que “no nos quieran” guardarnos siempre lo que sentimos, frente a nuestra manera de ver la vida, o ante cualquier situación que nos haga ruido, decididamente el cuerpo y la mente nos van a pasar factura. Y muy alta.

Como explica la neuropsicóloga Cecilia Ortiz, “se tiene miedo a decir lo que se piensa o se siente porque hemos desarrollado una pésima educación emocional que arrastramos históricamente y que recién ahora estamos viendo y modificando por estos tiempos. Antes el apostolado de “es mejor callarse”, se vincula a cómo nos educaban antes.

-¿Esta modalidad en la actualidad con qué se vincula?

Con creencias, pensamientos que me digo y que interfieren con mi accionar. De allí que sea fundamental la educación emocional.

– ¿Por qué?

Porque cuando empiezo sobre todo a escucharme cuando me digo “lo que tengo que aportar no es importante, no le va a importar a nadie”; “si hablo va a ser para lío”, significa fulminar mi autoestima y empiezo a creer, que no es sólo que lo diga, sino que lo que yo exprese no va a ser válido”.

– ¿Por qué estamos tan atados a lo que el otro opine?

Porque estamos en una sociedad que prima el criterio del otro. Es decir, lo que el otro piensa. Por lo tanto, el primer ítem que nos planteamos es “¿va a quedar bien o mal lo que digo”? Cuando en realidad no tenemos que estar apegados al criterio del otro, ni coincidir. Son creencias que deben barrerse. No es asunto de uno mismo, el cómo la otra persona lea lo que digo, pero sí lo es manifestar y decir lo que siento y pienso de manera asertiva. Si digo las cosas de manera amable, no sólo me preservo de no explotar ni enfermarme, sino es una manera de ser fiel conmigo misma, y cuidar a la otra persona.

Seguinos en